¿Tú también, Bruto?

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Por Darwin Feliz Matos

Esta célebre frase pronunciada por Julio César segundos antes de ser exterminado por un grupo de conspiradores en el Senado de Roma, se ha martirizado en la historia que a cada momento se repite y se rememora ante cualquier acontecimiento de la vida con un acto de ingratitud.

La tragedia de Julio César es una obra escrita por William Shakespeare, quien es considerado el escritor más importante de la lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal.

Julio César fue el político romano que sentó las bases del Imperio, tras las arduas batallas que le permitieron granjearse el liderazgo de las grandes mayorías en Roma.

Shakespeare reseña en su obra que Julio Cesar quien a pesar de haber nacido en el seno de en una familia de escasa fortuna, aunque estuvo emparentado con algunos de los hombres más influyentes de su época, como su tío Cayo Mario, quien influiría de manera determinante en su exitosa carrera política, se convirtió con el tiempo en el más grande líder de Roma.

Al margen de su carrera política y militar, Julio César se destacó como valioso orador y escritor, armado de un valor incomparable que le permitió convertirse en un gran triunfador, logrando conseguir un poder casi absoluto, lo que con ello eliminó la República.

Julio César quien jamás olvidó recompensar a sus tropas, a quienes entregaba “premios” a sus mejores hombres en las batallas, permitiéndole ser un héroe de su cuadra.

Marco Bruto quien era hijo se “Servilia” la que a su vez fue amante de Julio César durante mucho tiempo, lo que para muchos incluso creían era su hijo, pero que por cuestión de edad era imposible, ya que el emperador era muy joven cuando nació el niño.

Marco Bruto, a pesar de la extrema confianza depositada por Julio Cesar hacía este, su ímpetu de traidor que fraguaba en su interior, no le permitía reconocer los favores y oportunidades que este le había brindado en épocas anteriores.

Bruto  junto con Casca, Casio, y otros senadores conspiraban contra el dictador, a sus espaldas a pesar de que actuaba con mucha hipocresía.

Julio César estaba muy encariñado con “Bruto” y respetaba mucho sus opiniones. Sin embargo, Bruto, como muchos otros senadores, no estaba satisfecho con el estado de la República.

Aunque muchos advirtieron a Julio César de que su favorito se estaba volviendo en su contra, el dictador rechazó las acusaciones y, tocándose el cuerpo con una mano, les decía: “Pues qué, ¿os parece que Bruto no ha de esperar el fin de esta carne?”. Con esta frase quería decir que Bruto tenía en su mano cómo convertirse en su sucesor natural en la más alta magistratura romana.

Pese a los favores que recibió de César, Bruto encabezó la conjura que terminaría con la vida del dictador, pero fracasaría luego en su lucha para restablecer la libertad de la República.

Finalmente, Bruto se implicó en la conspiración para matar a Julio César, quien fue convocado al Senado para entregarle una propuesta, más en el fondo era para allí acabar con su vida, que aunque era sacrilegio portar armas dentro de las reuniones del Senado, estos penetraron armados de amolados cuchillos.

En ese momento, el mencionado Casca, sacando una daga, le asestó un corte en el cuello; el agredido se volvió rápidamente y, clavando su punzón de escritura en el brazo de su agresor, ​ le dijo: «¿Qué haces, Casca, villano?».

Todos atacaron a Julio Cesar de forma abrupta con afiladas armas, recibiendo la puñalada final de Marco Junio Bruto, a quien hirió en el muslo con un punzón tratando de defenderse.

“Bruto, ¿tú también, hijo mío?“  Fueron sus últimas palabras al cubrir su rostro con una manta.

Así, en pleno Senado, cayó asesinado uno de los más famosos políticos y militares de la historia.

Tras el magnicidio, Bruto y sus compañeros marcharon al Capitolio “con las manos ensangrentadas y, mostrando los puñales desnudos, llamaban a los ciudadanos a la libertad”. Pero el pueblo romano, hábilmente manejado por Marco Antonio, reprobó la acción. Bruto marchó a Asia con una misión oficial, y de allí pasó a Creta y luego a Grecia.

Pasado el tiempo Bruto se suicidó arrojándose contra una espada sostenida con firmeza por su buen amigo y compañero de estudios de retórica, el griego Estratón. Así mueren los traidores, pues el cargo de conciencia jamás le permite vivir en sosiego y tranquilidad.

Está emblemática historia nos sumerge en la política vernácula de la República Dominicana en la que el transfuguismo, los acuerdos tras bastidores, las traiciones acontecen a diario, sin importar las consecuencias.

En una sociedad en la que la ideología y los principios han sido desplazados por el “dame lo mío”, el individualismo y la falta de unidad para obtener logros en conjunto, el quehacer  político ha ido perdiendo esencia.

Muy bien lo dijo el patricio Juan Pablo Duarte “Mientras que no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones”.

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